sábado, 15 de octubre de 2016

Sombras de una noche sin luna - Parte 4

Habían pasado dos meses desde el fracaso en el Bosque del Ocaso. Robin y el resto del grupo de ladrones se habían repuesto de las heridas tanto físicas como del orgullo. Como antaño, cuando planeaban el asalto a la mansión de Lord Omber, una sensación de euforia se apoderó de sus ánimos. Sin embargo esta vez estaban concentrados y sabían que no admitirían un segundo fracaso.

Víctor recurrió a su disfraz de noble para pedir algunos favores y firmar algunos contratos. Mientras tanto, Will, Jasper y Robin buscaron información y contactaron con viajeros que hubieran viajado al otro lado del Portal Oscuro. De este modo, pronto tuvieron los suministros y el dinero suficiente para pagarse una expedición a las salvajes tierras de Draenor.

El portal los dejó en el asentamiento de la Alianza en el Valle Sombraluna y desde allí partieron sin demora. Por suerte, el libro “Sombras de la noche sin luna” relataba con exactitud el emplazamiento que buscaban.  Viajaron en dirección sur, adentrándose en las verdes colinas bañadas por la luz violácea de los astros de Draenor. Por breve tiempo visitaron asentamientos draenei, reponiendo suministros y  averiguando que percances podían tener en el camino.

Su travesía los llevó a escalar la cordillera sur del valle, adentrándose en las tierras del clan de orcos Sombraluna. Antiguamente este clan era conocido por su chamanismo arraigado y su profundo respeto por los ancestros y sus tradiciones, pero desde la traición de Ner’zhul  se habían abocado a la nigromancia y levantaban los cuerpos de sus padres para hacerlos luchar como peones. Ner’zhul había sido derrotado pero su clan y sus mentiras seguían perviviendo.

Contra todo pronóstico, fueron afortunados y no se cruzaron con ningún orco en todo su camino. Sin embargo su objetivo se encontraba en lo alto de la montaña, en el antiguo santuario llamado “Los pilares del destino”, dónde los chamanes del clan solían comunicarse con sus ancestros para pedirles consejo. No esperaban que acceder a la cúspide fuera tarea fácil pero estaban preparados.

Era entrada la noche pero el cielo estaba tan iluminado por millares de estrellas que a Robin le pareció estar de vuelta a Dalaran durante sus festivales. Él y Jasper estaban ocultos entre unos arbustos frente a las cabañas orcas que vigilaban la rampa de subida a los Pilares. Los orcos estaban durmiendo en su gran mayoría pero había algunos centinelas que patrullaban sin muchas ganas. Amparados por las sombras se acercaron por detrás de los centinelas y los dejaron inconscientes de forma rápida y eficiente. Entonces dieron la señal al resto del grupo de avanzar mientras escondían los orcos detrás de unas rocas.

Milagrosamente, las pesadas botas de Ed se movían con tanto sigilo como las ligeras zapatillas de Jasper. El grupo atravesó el pequeño campamento y enfiló el camino ascendente sin ser advertidos, hecho que les dejó un agradable sabor a victoria. Las losas de piedra con pintadas en forma de luna empezaron a aparecer por los bordes de los caminos. Tumbas de los ancestros orcos. Víctor les advirtió no profanar su descanso si no querían meterles en problemas.

Grandes columnas de roca se erguían, cada vez más altas a medida que se acercaban a la cima de la montaña.

- Falta poco para que salga el sol. – advirtió Víctor. – Debemos darnos prisa.

El resto del grupo asintió en silencio y avivaron el paso. Esta vez Víctor les había revelado el propósito del ritual. Iban a abrir un portal, uno que solo se podía abrir durante unos instantes mientras el sol despuntaba y las lunas se ocultaban. Robin miró hacia el sur, dónde las agujas de las cumbres de Arak dibujaban un horizonte desigual, las más lejanas empezaban a enrojecer por el inminente contacto del astro adorado por los arakkoa.

Finalmente llegaron y sin darse un respiro para descansar empezaron a prepararlo todo. Will y Ed encendieron el incienso y prepararon las ofrendas frente a los dos grandes pilares tapados por una gran losa de piedra. La temperatura empezaba a subir cuando Víctor empezó a pronunciar las palabras del hechizo.

- Goruld tan Anzu sun vol northalos ir tha. Gar tun vol. Gar tun das.

Su voz resonaba por los valles, haciendo eco con las paredes de roca. Robin temía que sus palabras despertaran a los ancestros orcos que allí descansaban y se repitiera la situación del Bosque del Ocaso, pero eso no ocurrió. Unas volutas de humo aparecieron en mitad del aire entre los dos pilares y a continuación un remolino oscuro se formó a partir de ellas, quedando contenido por los enormes bloques de roca. El portal estaba abierto.

Víctor suspiró. El resultado de todos sus esfuerzos se presentaba al fin ante él. Extendió la mano, tentado a acariciar la superficie oscura del portal. Pero antes se volvió hacia sus compañeros quienes tenían la vista fijada en él. La adusta mirada de Ed, penetrándole el alma. Will boquiabierto contemplando el portal tragó saliva y le miró orgulloso. Jasper sonriente como siempre, cruzado de brazos expectante. Y Robin, con su mirada asombrada siempre lleno de curiosidad. Su relación con los cuatro hombres había fluctuado con el tiempo pero juntos habían forjado lazos de amistad y compañerismo.

- A partir de aquí seguiré solo. – les dijo.

- ¿Qué? ¿Después de todo el camino hasta aquí? – preguntó Robin sin saber si sentirse ofendido o triste.

El resto, salvo un gruñido de Ed, se limitaron a negar con la cabeza. Ya se lo venían sospechando por la actitud de Víctor las semanas previas. Quien cruzara ese portal, era muy probable que no volviera. Se estaban despidiendo.

- Robin…

- ¡Nos prometiste un tesoro de valor incalculable!

Víctor le lanzó el libro de hechizos a los brazos y Robin lo atrapó antes de que cayera al suelo.

- Vendedlo. Podréis sacar una buena cifra.

- Pero… - empezó a quejarse Robin

- Robin Oliver. No hay nada más que decir. – Víctor esbozó una sonrisa encantadora como era habitual. Adopto una pose solemne – Nuestros caminos se separan aquí. Caballeros, ha sido un placer viajar, pelear y robar a su lado.

Will, Ed y Jasper lo saludaron marcialmente, pero Robin le seguía mirando malhumorado. Se sentía traicionado.

- ¿Así es como quieres que te vea la última vez que os veis? – le dijo Will a su lado.

La última vez… Víctor cruzaría ese portal y no iba a volver. Sus convicciones le llevarían más allá de la muerte y la vida para conseguir sus objetivos… No…

- Esta no será la última vez que nos veamos. – Contestó Robin aún enfadado. Finalmente cedió y le saludo marcialmente como los demás. – Vas a volver. Y lo harás cargado de tesoros. Más te vale.

La contestación consiguió arrancar una sonrisa al hechicero. El joven ladrón nunca perdía la esperanza.

- Lo intentaré.

Y sin decir más palabra atravesó el portal.


Las sombras se tragaron su cuerpo, envolviéndolo. Las atravesó con dificultad, aunque en apariencia eran ligeras como el humo, su densidad era mayor. Cuando por fin pudo ver algo su espíritu tembló. Estaba en un mundo de grises y negros. El mundo de las sombras. No podía ver el suelo bajo sus pies y por techo tenía una oscuridad infinita. Sin embargo podía ver la totalidad de ese mundo desde donde estaba sin moverse. El terreno se ondulaba y retorcía constantemente. Creando cordilleras y valles para a continuación derrumbarlos y dejar paso a planicies donde discurrían ríos. Todo aquel lugar donde cayera una sombra en el mundo real aparecería en el mundo de las sombras. Su propio cuerpo se había vuelto gris, sin color, sin luz.

Algunos escritos confundían el mundo de las sombras con el mundo de los muertos. Aunque eran similares no eran lo mismo. Y sin embargo era mucho más fácil viajar de uno al otro desde aquí que desde el mundo real. Pues el viaje al mundo de los muertos desde el de los vivos era sin retorno. El libro de de A.K. exponía las localizaciones de las escasas puertas al mundo de las sombras y los rituales que hacían de llave de dichas puertas. También alertaba de las criaturas de dicho mundo: sombras hambrientas, cuyo estomago era un pozo sin fondo, miedos encarnados, deseos deformados, amalgamas de odio y traición. Pero la criatura que Víctor buscaba era distinta a todas las demás.

Se sorprendió cuando el suelo se desplazó bajo sus pies cuando pensó en avanzar. Era una forma útil de viajar. Rápidamente alcanzó velocidades vertiginosas. Montañas y lagos pasaban a su lado como una mancha borrosa. No estaba seguro de cómo pero sabía el lugar que buscaba, lo reconoció en la distancia en cuanto lo vio. Un gran árbol cuya madera era negra y sus hojas blancas se alzaba inmenso frente a él. Fácilmente superaba en altura a la montaña Roca Negra. Se plantó frente a su base. Cerca de él, había unas rocas dispuestas curiosamente en forma de escaleras. Subió cada uno de los peldaños y entonces le oyó.

Un aleteo furioso le hizo levantar la cabeza. Desde una de las más altas ramas del árbol bajó en picado una gran ave. Era inmensa, mayor que un hombre, mayor que un edificio. Su graznido resonó por todo el mundo de las sombras pues él era Anzu, el dios arakkoa de la noche, y la criatura que Víctor buscaba. El hechicero hizo una reverencia en señal de veneración cuando el cuervo gigantesco se posó frente a él.

- Hacía tiempo que ningún mortal se atrevía a pisar estas tierras. – su voz estridente reverberó dentro de la cabeza de Víctor. - ¿Qué es lo que buscas? ¿Por qué acudes a mi mundo como intruso? No encontraras tesoros en este lugar sino muerte y desesperación.

- No busco tesoros, gran sombra del más allá. Sino un favor de vuestra divinidad.

El cuervo emitió una serie de guturales chirridos que Víctor interpretó como una carcajada.

- Muy interesante. ¿Profanas inconscientemente el mundo de las sombras y tienes la audacia de pedirme un favor? Dime lo que quieres antes que me replantee devorarte o dejar que las sombras te consuman.

- Quiero entrar en el mundo de los muertos. – Los ojos negros del cuervo lo analizaban de arriba abajo. Decidió contárselo todo, ninguna mentira funcionaria con él. – Mi familia… murió cuando yo era pequeño, por mi culpa. Quiero recuperarla. Pretendo adentrarme en el mundo de los muertos y sacarlos de ahí. – dijo con convicción.

- ¡Insolente! ¡Arrogante! – El dios pájaro aleteó levantando grandes ráfagas de viento que por poco derribaban a Víctor de su pedestal. - ¿Te atreves a robarle a la muerte aquello que tú mismo le entregaste? Tú que te niegas a caminar por la senda que el destino te deparaba. Tan centrado en el pasado que has perdido tu propio futuro… y el de aquellos que te siguieron.

Con un movimiento de ala, el cuervo rasgo el aire de esa realidad como si fuera una tela que se deshilachaba dejando ver una ventana al mundo real. A Víctor se le encogió el corazón… vio una escena dónde sus amigos eran rodeados por orcos que les superaban en número. Debía volver y ayudarles… pero el portal estaba cerrado.

- Ellos morirán por seguirte, por confiar en ti.

- ¡Por favor! – suplicó Víctor. – ¡Sálvales!

- Otro favor me pides. Ya son dos. Solo uno voy a concederte. – el gran rapaz esbozó una sonrisa maquiavélica. - ¿Cuál elegirás?

Víctor volvió a mirar por la ventana como los orcos cada vez se acercaban más a sus amigos, acorralándolos contra el precipicio. Y por otro lado… su familia. Su padre, su madre. Las vidas que les arrebató. Sus ojos mirándolo con terror… ¿Podrían esos ojos cambiar? ¿Terminarían las pesadillas si les revivía? ¿Si enmendaba su error? ¿Cómo le mirarían?

¿Cómo le mirarían al saber que había sacrificado a sus amigos por ellos?

No.

- Sálvalos. – dijo convencido.

El ave sonrió.

- Curiosa decisión. – aleteó de nuevo y en el mundo real los orcos huyeron mientras bandadas de cuervos les atacaban. Will, Jasper, Ed y Robin aprovecharon la confusión para escapar. – No muchos prefieren dejar de lado sus ambiciones y anhelos personales. En cualquier caso. Ahora viene tu castigo.

- ¿Mi… Castigo?

- Allanas mi morada, te atreves a pedirme favores, ¡Me exiges que actué! – el ave bufó.- Tal arrogancia no puede suceder sin un castigo acorde.

- Pero… - Víctor no pudo terminar la frase.

Un terrible dolor le surgió de las entrañas. Cayó de rodillas y se hizo un ovillo. Su cabeza palpitaba como si mil tambores sonaran a la vez dentro de su cráneo. Tenía calor, se asfixiaba. La carne le bullía y la sangre circulaba a toda velocidad. Sus huesos se estaban quebrando y sus músculos deformando. Sintió su piel estirarse y contraerse, romperse y rejuntarse. El pelo de su cabeza cayó, así como sus dientes. Sus ojos crecieron y salieron de sus orbitas mientras su rostro se estiraba. Los dedos de sus manos se fusionaron quedando unidos mientras sus codos se doblaban del revés. Sus pies se arquearon y adoptaron una dureza cercana al hueso. Durante unos segundos un gran picor se extendió por toda su piel. Una gran oscuridad le envolvió. Ya no había árbol de negra corteza y blancas hojas. Ya no había cuervo ni su malévola risa. Solo oscuridad y calor.

¿Así era la muerte?

El dolor había cesado. ¿Respiraba?

Oyó ruidos. Sordos, como si le hablaran a través de una pared.

Intentó moverse y su cabeza chocó contra algo duro. Quiso mover su cuerpo pero todo estaba en un sitio diferente. Tanteó la pared invisible con la cabeza. Le pareció que cedía un poco. Golpeó con fuerza y cedió un poco más.

- ¡Mira! Se está abriendo. – oyó decir a las voces detrás de la pared. Las palabras aun sonaban sordas pero reconoció la voz de una mujer.

Golpeó con fuerza otra vez, y otra. Escaparía de esa prisión. La oscuridad no le atraparía para siempre. Saldría y encontraría la manera de encontrarse con su familia.

Crack.

La pared se quebró. Un rayó de luz se filtró por ella. Empujó con la cabeza y terminó de atravesar la cascara de oscuridad. Se encontraba en una sala gigantesca, cálida y bien amueblada. Una bella y enorme mujer se inclinaba hacia él. ¿Era una gigante?

- ¡Mira James! – dijo la mujer a su compañero quien se acercaba. – el huevo que nos regaló Zephiel se ha abierto.

- ¡Ya era hora! Este remolón se ha hecho esperar.

Víctor no podía creerlo. Una versión gigantesca de su hermano se acercaba a él con una sonrisa que no le había visto desde que era pequeños. Quiso hablarle.

- ¡Cruak! – salió de su garganta. Sus palabras sonaron como el graznido de un polluelo. Miró a su alrededor. La pared que había atravesado era la cáscara de un huevo y su cuerpo rosado y apenas cubierto por pelusa era el de un polluelo regordete. Patas afiladas, alitas que crecerían hasta tener una gran envergadura y una cola respingona. Maldijo por dentro el humor del dios cuervo, pero por otra parte…

James lo cogió con cuidado y lo levantó hasta ponerlo frente a sus ojos.


- Bienvenido a la familia.

Sombras de una noche sin luna - Parte 3

- ¿Que la besaste? – Repitió William incrédulo – ¡Por la Luz, chico! ¡Estas hecho todo un Casanova!

- ¡Robin Oliver el Casanova! – repitió Jasper a carcajada limpia.

El grupo de ladrones montaba a caballo por el bosque mientras comentaban el resultado del golpe que habían dado la noche anterior. Esa misma mañana habían empaquetado los artefactos que Víctor les había indicado y había viajado con un portal hacia Ventormenta. En ese momento viajaban por el camino principal hacia las profundidades del bosque de Elwyn.

- Te encontraste con la hija del conde… No habíamos planeado que hacer en tal situación, pero te las arreglaste bastante bien. Bien hecho. – dijo Víctor. A continuación prosiguió con su estudio del libro que Robin había robado de la biblioteca.

- Aún me sorprende de que saliéramos de esa con vida. El Conde se pondrá furioso cuando se entere de que le han robado. – dijo Robin. Su mente voló hacia la chica de la biblioteca, vestida de blanco e iluminada por la luz de la luna. Esperaba que su padre no lo pagara con ella…Sacudió la cabeza. ¿En que estaba pensando? ¿Qué le importaba a él una chica que solo había visto una vez? ¡Y además era noble! Cualquier desgracia que le ocurriera se la merecía. Pero lo había ayudado…

- Tonterías. El dios de la suerte nos sonríe. – dijo Jasper interrumpiendo sus pensamientos.

- ¿Cómo lograste burlar a los guardias y salir de ahí?

- Me alegra que lo preguntes, mi galante amigo. – dijo el ladrón acercando su montura a la de Robin. – Pues verás, después de que nuestro forzudo amigo me arrojara por los aires haciendo gala de su puntería al no estamparme contra el muro…

- Hmmm… - comentó Ed.

- Entré con espectacular aterrizaje que por desgracia no pudo admirar nadie. Sin embargo pronto se acercaron unos amables hombres armados dispuestos a bailar un rato.

- ¿Bailar?

- Sí, ya sabes. Bailar con sus espadas. No se les daba muy bien. Es decir. Si su contrincante hubiera sido un caballero regido por el honor y todas esas pamplinas seguro que habrían sido dignos oponentes pero contra el baile de la calle poco podían hacer. En poco rato besaban el suelo. Sin embargo, entonces me acordé de que el plan era entretenerlos, no derrotarlos. Así que fui al baño a por una pileta de agua que echarles por encima.

- ¿Qué hiciste qué? – Exclamó Robin.

- Darles una buena ducha, que a alguno de ellos les hacía falta con urgencia. Ya olían a flores marchitas.

- Venga ya…

- En fin. De todos modos tenía que interpretar el papel de ladrón inepto que salía huyendo. – dijo encogiéndose de hombros.- Así que tenía que haber alguien despierto para hacerme huir.

- ¿Y lo del mago? – preguntó Will.

- Ah sí… el mago… Mientras bailaba un rato con los refuerzos que iban llegando apareció uno de esos tipos que tanto les gusta ir con vestido. Todo pompa y arrogancia. Quiso freírme con sus hechizos pero no acertó ni una vez. Aunque hizo un buen trabajo con las cortinas. El caso es que para cuando Will subió a indicarme que la fiesta se había terminado el señor de la falda se había quedado sin maná y yo seguía aburrido como un percebe en el bosque.

- ¿Tus historias son siempre así de increíbles?

- Mis historias son siempre así de ciertas. – respondió sonriendo.

El grupo viajó charlando de forma animada durante todo el trayecto hasta el Bosque del Ocaso. Aunque charlar solo lo hacían Will y Jasper con alguna participación tímida de Robin. Víctor se pasó todo el viaje estudiando el tomo polvoriento y Ed… Ed era Ed.

Robin aprendió a escuchar las historias de Will y Jasper. Asimiló la verdad que ocultaban tras la bravuconada y se sorprendió a si mismo pasándoselo bien. Ed cocinaba el almuerzo y la cena. El ladrón se sorprendió al ver el hombretón remover la olla del estofado con tanto esmero. Era una visión un tanto cómica, pues el cucharón se veía minúsculo en sus manos. Will amenizaba las veladas tocando el laúd y cantando alguna canción de taberna a la que Jasper se unía desafinando. De vez en cuando, Víctor dejaba el libro aparte para unírseles y conversar animadamente con ellos.

Tras unos días viajando el bosque empezó a oscurecerse. Los árboles producían hojas sombrías y una ligera capa de niebla cubría el suelo. El Bosque del Ocaso era un lugar tenebroso, de olor rancio. La madera se pudría rápidamente haciendo que las hogueras desprendieran un humo gris que te hacía toser si te entraba a los pulmones.

Una noche Víctor anunció lo que todos ansiábamos.

- Mañana llegaremos a nuestro destino.  – su voz sonaba animada. Estaba visiblemente nervioso por lo que estaba por acontecer. – No voy a mentiros. Es un lugar peligroso así que debéis estar con los cinco sentidos alerta.

Los hombres a su alrededor asintieron sin cuestionar nada, confiando en el juicio de su patrón, pero Robín se atrevió a preguntar.

- ¿Qué es lo que se avecina?

- Supongo que os debo una explicación después de lo que habéis pasado. – sacó el libro de la bolsa y lo mostró ante sus ojos. – Éste libro contiene… rituales no muy bien vistos por el Kirin Tor.

- Magia negra – se aventuró Jasper.

- ¿Cómo ha acabó en manos del conde? – preguntó Will

- No lo sé, pero es un tomo muy raro. Yo también me sorprendí cuando lo rastree hasta la mansión de ese hombre. Puede que oculte más secretos de los que suponemos. – contestó Víctor.

Robin sintió una punzada de culpabilidad por dejar a esa chica en manos de un hombre malvado. Su padre podía ser un nigromante y ella no enterarse… Por todos los diablos, incluso ella podía serlo también. No. Si así fuera no le habría dado el libro. Se dio cuenta de que la conversación había proseguido mientras sus pensamientos estaban en otra parte.

- … de este libro, puede atraer entidades malignas. Y en este bosque ya parecen acecharte sin realizar ritual alguno.

- ¿Y para qué es el ritual que quieres hacer? – preguntó inocentemente Robin. El resto se quedó callado. Tras esbozar una sonrisa, el joven hombre de pelo oscuro sonrió.

- No pretendo invocar un demonio ni abrir un portal a un mundo de la Legión, tranquilo. Sólo busco recuperar algo. – su mirada se centró en la hoguera del campamento y pareció perderse en algo que vio en ellas.

- Durmamos un poco. Se avecinan días duros. – Terminó Will la conversación.

Dormir era lo único que no podía hacer Robin. Un lugar sombrío como el bosque del ocaso dónde los monstruos acechantes podían matarte mientras dormías… Estuvo en vela hasta que los delgados rayos de sol se filtraron entre la tupida capa de hojas de las copas de los árboles.

Prosiguieron viajando, charlando animadamente en contra del ambiente oscuro del bosque. Aunque lo intentaron con todas sus fuerzas, la niebla y la oscuridad terminaron por afectarles. Poco a poco las risas se fueron apagando y el silencio se adueñó del grupo. Entonces fue cuando llegaron.

Un vasto cementerio cubría las cuatro colinas frente a ellos. Una corroída valla de hierro tenía las puntas dobladas hacia dentro, dificultando más la salida que la entrada.

- Aquí es. – Dijo Víctor confirmando los temores de Robin.

Desmontaron y entraron en el camposanto anunciándose con el chirriar de la puerta. Un silencio antinatural reinaba sobre el lugar. Ni siquiera el viento se atrevía a perturbar el descanso de los muertos. La sensación era como estar viendo un cuadro muy bien pintado. Un movimiento a su izquierda alertó a Robin. Una araña blanca de un palmo se arrastraba detrás del tronco caído. ¿Una araña? No. Era una mano.

- Will… - susurró Robin sin atreverse a levantar la voz.

El hombre asintió sin volver la mirada. Eran conscientes de lo que les aguardaba en ese camposanto. 

- No muertos.

Víctor les guió hasta el centro, frente a un gran altar subiendo una pendiente de tierra en medio de las cuatro colinas. El altar de piedra vieja estaba manchado de sangre seca y negra. Las telarañas se habían adueñado de la estatua de una figura encapuchada que sujetaba una espada mientras huesos polvorientos se apilaban a sus pies.

- Necesito un tiempo para prepararlo todo. – les informó Víctor.

- Será mejor que te des prisa. No quiero seguir aquí para cuando anochezca. – Le instó Will.

- La idea de merodear por ahí como un saco de huesos no es muy atractiva, no.- Dijo Jasper serio. Era la primera vez que Robin lo veía serio. El ladrón sacó sus armas de debajo la capa.

Ed se sentó sobre los restos de un pilar caído con el gran martillo de guerra en sus manos, con la cabeza baja y los ojos cerrados. Will desenvainó una espada e instó a Robin a sacar la suya. A su espalda, Víctor encendía velas sobre el altar. Limpió la superficie polvorienta de sangre y restos de hueso con respeto y pulcritud. Depositó el libro frente a él y siguió sus instrucciones como el cocinero que quiere preparar un pastel por primera vez.

- Voy a empezar, estad preparados. – Les informó

- Date prisa. Creo que algo se mueve tras esas tumbas. – dijo Jasper.

El hombre de la gabardina negra asintió. Descolgó de su cinturón una bolsa de cuero con mucho cuidado. La abrió y volcó su contenido sobre el altar. Robin, quién mantenía un ojo echado sobre lo que hacía Víctor no entendía que era ese montón de polvo, pero el olor le llegó segundos después. Eran cenizas. Víctor empezó con salmodia.

- Goruld tael van ir tan Nar’los kumá.

Con el filo de un cuchillo se hizo un corte en la palma de la mano derramando su sangre sobre el montón de ceniza.

- Ya vienen… - dijo Will llamando la atención de Robin.

Efectivamente. Mientras Víctor continuaba con el ritual unas figuras oscuras aparecían tras las lápidas distantes y bamboleantes se iban acercando. Empezaron a oír crujidos, jadeos y otros ruidos grotescos que los cadáveres andantes producían con su lento pero irrefrenable andar. Los tres hombres y Robin se pusieron en fila, hombro con hombro, a los pies de la pendiente para defender a Víctor hasta que éste terminara su ritual. Los segundos parecían durar años.

El primer cadáver que se acercó fue aplastado por el poderoso martillo de Ed. El sonido que produjo al aplastar las vísceras contra el suelo le provocaron arcadas a Robin, pero supo contenerlas. Otro más se acercó y fue rápidamente despachado por Jasper. Si se iban acercando uno a uno podrían resistir, pensó Robin esperanzado.

No tardó en ver lo equivocado que estaba. Una marabunta de cuerpos se acercaba inexorablemente hacia ellos con los brazos alzados reclamando su alimento. Espíritus vengativos que odiaban a los vivos. Pronto tuvo que afrontar su primer enemigo. Con un grito dejó caer la espada sobre el cráneo putrefacto del no muerto. El cuerpo entero se desintegró por la presión ejercida. Robin sonrió, no era tan difícil. Otro más se acercó. Lanzó una estocada contra su pecho y su espada lo atravesó. Sin embargo su arma se quedó atorada en las costillas del esqueleto mientras este trataba de alcanzarlo con sus afiladas garras. Will vino en su auxilio rematando al cadáver y liberando la espada.

- Ten más cuidado. Los cortes no les hacen nada. Mejor golpes contundentes. Golpéales con fuerza.

Robin quiso agradecerle pero el bardo volvió a cubrir su posición rápidamente pues otros dos enemigos se acercaban.  El grupo resistía con uñas y dientes, golpeando y esquivando, conteniendo los embates de la marea de muerte que los acechaba. Sin embargo algo iba mal. Víctor había callado. No podían volverse a mirar pues el combate les exigía toda su atención pero el silencio repentino no era una buena señal.

A su espalda Víctor observaba desolado la amalgama palpitante en que se habían convertido las cenizas de sus padres.

- ¿Por qué? – susurró. – Lo he hecho tal y como decía el códice…

Extendió su mano hacia la asquerosidad que había creado. Una sensación de repulsión y asco le embargaron. Empuñó su cuchillo. En su memoria volvieron a aflorar los recuerdos que con esfuerzo había intentado olvidar. Sus padres ardiendo dentro de la casa por el incendio que había provocado sin querer. La cara de odio y desesperación de su hermano James. Clavó el cuchillo con fuerza sobre la criatura que debían ser sus padres resucitados.

Había fracasado. Ya nada importaba.

- ¡Víctor! – le llamó Will desde abajo. - ¡Hay que salir de aquí!

El hechicero se irguió de nuevo. Los chicos, no podía abandonarles tras lo que habían pasado para ayudarle. Bajó la colina a toda prisa. Un muro de cadáveres andantes se alzaba frente a ellos impidiéndoles la salida.

- Seguidme y no os separéis, cubrid los flancos. – dijo aparentando confianza.

Alzo su mano contra la los chillantes cuerpos y empezó a proyectar llamas azules desde su palma. El fuego azulado se esparció frente a ellos en forma de cono, calcinando a los enemigos instantáneamente. Abriéndose paso sobre los cuerpos carbonizados, el grupo se dirigió a toda prisa hacia la salida. Corrían tanto como podían, esquivando los no muertos que se alzaban para cortarles el paso. La puerta apareció detrás de un último enemigo y una sensación de victoria empezó a embargarles.

Pero algo agarró el tobillo de Robin. El ladrón se paró instintivamente a mirar. Era una mano solitaria, como la que había visto al entrar en el camposanto. Sin embargo pararse no era algo que pudieras permitirte en una carrera por tu vida. Una repentina descarga de dolor le recorrió el cuerpo y una terrible quemazón le atravesó el pecho. Se dio cuenta de su error al ver asomarse la punta de una espada oxidada por su pecho.

- ¡Robin! – oyó gritar antes de perder la conciencia.

Ed despachó de un martillazo al soldado corroído que había ensartado su arma en el joven ladrón. La herida parecía grave. La sangre brotaba a borbotones por el agujero en el pecho. El hombretón cargó con el cuerpo y junto a sus compañeros corrió los últimos metros que quedaban hasta la puerta metálica. Salieron y cerraron a toda prisa. Cuando el primer cadáver tocó los barrotes aulló y cayó fulminado. Unas runas brillaron sobre la puerta.

- Está encantada. No pueden salir. – dijo Víctor. Se volvió hacia Ed quien estaba dejando el cuerpo de Robin sobre el suelo. – ¿Como está?

- Está muriéndose… - respondió Will enfadado. - ¿Y para qué? ¿De qué ha servido nada de todo esto?

- Luz. – Todos se volvieron hacia Ed. Eran las primeras palabras que le oían decir en mucho tiempo. Su voz grave era suave, como la de un padre acunando su hijo. Un resplandor empezó a brotar de su mano para dirigirse al agujero en el pecho de Robin. La herida empezó a cerrarse por sí sola mientras los tejidos se juntaban de nuevo y la sangre desaparecía. – Bendice a este chico.

Unas horas después, lejos del camposanto, Robin abrió los ojos. Sorprendentemente se encontraba… bien. Se palpó el pecho donde recordaba el extremo de una espada asomando pero solo quedaba un agujero en su ropa. Miró a su alrededor buscando una respuesta. Will estaba sentado cerca, de espaldas a él avivando la hoguera. Ed cabeceaba apoyado contra un tronco con el martillo recostado sobre su hombro. No veía rastro de Jasper pero Víctor estaba sentado algo más lejos, apartado en un claro dónde la luz de la luna lo iluminaba. El ambiente no era muy animado…

- ¿Dónde…? - ¿Dónde estamos? Quiso decir pero su voz se cortó por un ataque de tos.

Will se volvió hacia él y le obligó a echarse de nuevo.

- Descansa chico. No te fuerces por ahora.

- ¿Qué ha pasado?

- Te hirieron mientras huíamos. Tenías un palmo de hoja atravesándote. Tranquilo, Ed te ha curado.

- ¿Ed? – dirigió su mirada hacia el gigante dormido contra el tronco.

- Edward West no siempre tuvo esas pintas de bárbaro. Tiempo atrás fue un paladín y aunque le pese, la Luz aún responde a su llamada.

- Pero nunca dice nada ni le he visto emplear la Luz. Y se junta con ladrones…

- Su historia es algo compleja. No la conozco del todo. En resumidas cuentas digamos que su familia murió y se echa la culpa. Desea perder la fe en la Luz pero es incapaz de ello. Vive en su propia expiación.

- No lo sabía… - Sintió una gran compasión y agradecimiento por el paladín. Siempre estaba callado pero siempre estaba ahí para salvarles si hacía falta. Sus ojos se posaron entonces en Víctor. - ¿Y él? – preguntó señalándolo con la cabeza

Will negó con la cabeza.

- Descansa ahora chico. Luego ya habrá tiempo para hablar.

Momentos después, mientras Will se marchaba a por leña, Robin se acercó al claro de Víctor y se sentó a su lado, dejando que la luz de la luna los bañara. El rostro normalmente sonriente del hombre se hallaba serio y contemplativo.

- ¿Cómo te encuentras? – le preguntó Víctor sin volverse.

- Raro. Pero creo que bien.

Víctor asintió. Robin sabía que le dolía haber sido la causa su casi muerte.

- ¿Y ahora qué? – preguntó tras unos segundos de silencio.

- Ahora nada. He fracasado.

- ¿Cómo? ¿Por qué? ¿Qué hay de las riquezas que me prometiste?

- Ya no hay nada que hacer. El ritual fracasó.

- ¿Y no hay más rituales en ese estúpido libro?

- Tal vez… pero por culpa de mí arrogancia casi mueres. ¿Aun así quieres seguir intentándolo?

- La palabra clave en esa frase es “casi”. Y sí, quiero seguir intentándolo. ¿Cómo es que tu no?

Víctor se quedó en silencio. El chico le acababa de lanzar un cubo de agua fría por encima. Tantos años de investigación, tantos recursos malgastados. El fracaso al traer a la vida a sus padres le había nublado la percepción de tal modo que ya no veía otras posibilidades.

Pero había una. Una posibilidad arriesgada. No sería la vida de sus compañeros la que peligrara sino la suya misma. Abrió el libro y pasó las páginas velozmente hasta dar con lo que buscaba.

- Aquí… Aún hay una posibilidad.


Robin sonrió al ver como su amigo recuperaba el ánimo. Miró con curiosidad como la página señalada contenía la ilustración de un pájaro enorme. No entendía a qué se refería pero sí sabía que una aventura mayor estaba por llegar.

Sombras de una noche sin luna - Parte 2

Robin se arregló el cuello de camisa por quinta vez en diez minutos. A continuación comprobó los puños de la misma, tiró de la cola del chaqué y subió el fajín para a continuación ocultarlo de nuevo. Encontraba la máscara aparatosa y le hacía sudar, pero resistiría por una noche. Se encontraban frente a la gran mansión del conde Omber, ya entrada la noche. Pretendían unirse a la fiesta  de máscaras que el conde organizaba; a esta hora la cena de los invitados más distinguidos habría terminado y los camareros empezaban a repartir las copas de vino dulce de Dalaran y despejando el gran salón para dejar un amplio espacio como sala de baile. No era extraño que se unieran en este momento, de hecho, frente a ellos hacían cola varias parejas, esperando que el mayordomo los anunciara al público asistente. Solo los más allegados y los que disfrutaban de mayor atención del Conde tenían el lujo de participar en uno de sus banquetes privados, pero las fiestas que se celebraban a continuación estaban invitados toda la nobleza y hombres y mujeres adinerados de Azeroth.

Y en ese nido de ratas iban a meterse.

-¿Nervioso? – preguntó Víctor a su lado. Vestía de una forma impecable como siempre. Incluso más que algunos de los asistentes a la fiesta. El pelo corto y negro y una barba bien recortada enmarcaban un rostro altanero y una mirada orgullosa completamente metido en el papel que interpretaba. Porque estaba interpretando, ¿no? Este bastardo se comporta igual que uno de ellos, parece incluso más noble que ellos. El traje que llevaba parecía hecho a medida y se movía como si hubiera nacido para llevarlo. Su máscara en forma de pájaro le ocultaba la mitad superior de la cara. Pese a su objetivo de hoy no parecía nervioso ni ansioso, su rostro ofrecía la misma sonrisa vacía que los otros individuos de la cola.

- En absoluto. – gruñó Robin arreglándose otra vez el cuello de la camisa. ¡Por supuesto que estoy nervioso! ¡Si nos pillan somos hombres muertos!

- Tú sólo relájate y disfruta de la fiesta. – le dijo sonriendo.

Robin respondió asintiendo en silencio. Esas palabras significaban que mantuviera la calma y no se metiera en líos. El plan había sido cuidadosamente fraguado y ensayado hasta el último detalle. Si se adelantaba a la hora de cumplir con su parte del plan sería tan catastrófico como si se retrasaba. Robin respiró hondo. No sabía cómo lo había hecho, ni cuando, pero ese hombre a su lado había logrado que una parte de Robin confiara en él a ciegas. ¿En qué momento me he vuelto tan estúpido? Pensó cuando se descubrió admirando como las luces de las farolas incidían en el oscuro traje de Víctor.

Cuando la pareja de nobles de trasero enorme fueron anunciados fue el turno de Robin y Víctor. De un modo que habían ensayado durante horas las últimas semanas, Robin sacó una tarjeta del bolsillo interior de su chaqueta y se la entregó al mayordomo mientras Víctor tomaba su papel de noble y amo de Robin. El sirviente leyó la tarjeta y examinó con cuidado a los dos individuos. Robin no se había sentido tan inspeccionado ni cuando lo pilló la guardia esa vez. En esa ocasión consiguió huir y ahora todo su cuerpo le pedía hacer lo mismo, sin embargo aguantó y le mostró al calvo mayordomo su expresión más arrogante. De algún modo funcionó y segundos después estaban siendo anunciados en la sala de fiestas de conde Omber.

- ¡Lord Crane de Vallespeso y acompañante! – anunció el sirviente golpeando el suelo con su cayado.

- ¿“Acompañante”? – susurró Robin indignado.- ¿Cómo que acompañante? Luego te vas a enterar cabeza-huevo… Te voy a acompañar la cara con el puño.

- Para esta gente, si no tienes título no tienes nombre. – le explicó Víctor en voz baja sin perder la sonrisa bajo la máscara.

- Igualmente no se va a librar…

- ¡Lord Crane! – exclamó una señora gruesa acercándose a ellos. Llevaba un vestido blanco con intrincados patrones de lentejuelas y una máscara de cisne con plumas blancas. El perfume que llevaba era tan intenso que Robin lo olió aun cuando la señora no se había ni acercado un poco. – Al fin nos conocemos.

- Lady Julivert. – dijo Víctor reconociéndola de algún modo. Will le había contado a Robin que, de igual modo que él se había entrenado en su parte del plan, Víctor se había familiarizado con todos los nombres, historias y posesiones de cada uno de los nobles que asistirían a la fiesta. Una tarea que no envidiaba en absoluto. – En efecto, nuestro encuentro ya se había demorado demasiado.

- ¿Cómo se encuentra su tío?

- Su estado sigue estando en manos de la Luz. Los médicos lo mantienen en cama en contra de su voluntad.

- Apuesto que eso debe frustrarlo. – dijo la señora con una risa fea similar a la de un gorrino.

- Sin duda. Si por él fuera estaría cazando y cabalgando por nuestras tierras. A veces hemos pensado en atarlo a la cama pero dudamos que eso fuera efectivo contra un hombre de su carácter.

- Mandadle mis mejores deseos para su pronta recuperación, por favor.

- Así lo haré. – contestó Víctor con una leve reverencia.

- ¿Y vuestro exótico acompañante? – dijo la señora acariciando uno de los mechones de pelo plateado que asomaban tras la máscara de conejo de Robin. Él tuvo que contenerse mucho para no apartarle la mano de malas maneras y clavarle un cuchillo en esa panza gigantesca. Un segundo. ¿Ha dicho exótico?

- Mi sirviente. Lo contratamos hace unos meses, no habla mucho pero es hábil y servicial. Sus padres son humanos pero tiene sangre Quel’dorei en sus venas.

- Eso es evidente. Que muchacho más encantador. – dijo acercándose un poco más a Robin.

- Chico. ¿Por qué no nos traes una copa? – dijo Víctor salvándolo de las zarpas de la señora que lo devoraba con los ojos. Era además otra de las señales que había acordado. – Ya sabes cómo lo quiero.

Asintió y dejó solo a Víctor para que se mezclara con el resto de invitados mientras él se iba apartando poco a poco hasta la pared del fondo. Por ahora su función sería pasar desapercibido y esperar.

Oculto en las sombras tras una columna observó a cada uno de los asistentes. A Robin le disgustaban esas personas. Hablaban con un falso tono amigable cuando sus verdaderos pensamientos estaban teñidos de envidia y desprecio mutuo. Eran personas orgullosas y vanidosas. Personas que nunca habían conocido la miseria, que nunca habían pasado hambre y que nunca se habían visto obligados a dormir bajo un cartón sucio y maloliente. Se descubrió apretando los dientes y fulminando con la mirada a todos y cada uno de ellos. Se obligó a serenarse por el bien del plan.

Se fijó como Víctor se mezclaba con diferentes círculos, como si fuera uno más de ellos. Desde el principio había notado un aire noble en su porte, y ahora que se rodeaba de ellos parecía completamente en su salsa. Aunque de algún modo parecía mejor que ellos, sin ese aire de arrogancia. ¿Era posible que fuera noble de verdad? En estos momentos había logrado acercarse a conde Omber y éste parecía tener curiosidad por lo que Víctor le estaba contando.

- Estos canapés están asquerosos. – dijo una voz a su lado.

Will se había acercado a él cobijado por las sombras proyectadas por las columnas en la pared y lo había sorprendido distraído. Su vestimenta era más colorida que la de los nobles, con abundante presencia de rojos y granates en un traje en el que estaban ocultos multitud de bolsillos. Una máscara de zorro le cubría la mitad superior del rostro. A su espalda asomaba el laúd y en sus manos sujetaba una bandeja de canapés variados.

- Pero estos otros, pese su aspecto, están deliciosos. Creo que no quiero saber de que los hacen.

- ¿No deberías estar en posición? – dijo Robin volviendo su vista a la pista de baile, algo molesto por la actitud despreocupada de su compañero.

- Oh. Tranquilo, renacuajo. Cuando sea mi hora de brillar acudiré sin demora. ¿Están los otros dos en su sitio?

Robin asintió.

- Ed está sujetando a Jasper para que no se adelante.

- Debe haberlo atado y amordazado. – rió – No se me ocurre otra forma. O lo ha dejado inconsciente. – Chasqueó la lengua para tratar de quitarse un trozo de gamba de entre los dientes. – ¿Y cómo le va a nuestro patrón?

- Completamente indistinguible del resto de aristócratas. Le reconozco que es buen actor. – miró a Will de reojo. - ¿Porque estamos seguros que no es noble, verdad?

- Nunca lo he sabido. Así como del resto he sonsacado el pasado mediante vino y conversaciones, él nunca habla de su pasado. Un completo misterio.

- ¿Y porque le ayudáis?

- ¿Por qué le ayudas tú? – contestó volviéndose hacia él con el rostro serio.

- Yo… No estoy seguro.

- No es por el oro. Ni por la gloria. Por la aventura… tal vez. Pero hay algo más. Algo que te empuja a ayudarlo. Cómo si una parte de ti supiera que estás haciendo lo correcto.

- Somos ladrones. – comentó esbozando media sonrisa. – Nosotros no hacemos lo correcto.

Will rió con ganas.

- En eso tienes razón. Pero…

Interrumpió la frase antes de terminarla al oír como un sirviente del conde anunciaba un cambio en la orquesta de músicos que amenizaban la velada.

- Esa es mi señal. Nos vemos a la salida, renacuajo. – Dijo, marchándose hacia el escenario dónde lo esperaban el resto de músicos.

William era un trovador experimentado. Había visitado la gran mayoría de las tabernas de los Reinos del Este y parte de Kalimdor y recogía las historias y canciones que se cantaban en cada una para transmitirlas a tierras lejanas. Y además era ex colaborador del IV:7. Durante sus viajes había servido de espía y contacto para la agencia de inteligencia de Ventormenta aprendiendo bastantes trucos útiles. Sin embargo se había retirado del servicio (no le había contado porque), y tras su encuentro con Víctor había decidido ayudarle. En estos momentos subía a la tarima enmoquetada desenvainando su laúd para mostrar las habilidades de las que estaba más orgulloso: su voz y su música.

Empezó tañendo una sola cuerda del laúd re reverberó por el salón gracias a los amplificadores acústicos encantados por los magos del conde. El escenario era suyo, los otros músicos le acompañarían pero él llevaba la voz cantante. La música empezó a fluir suavemente, llenando la gran sala como el agua llenaba una bañera. Robin se percató de como los asistentes empezaban a cambiar de actitud. No eran solo los bailarines que danzaban acorde a la música, sino que todos parecían más relajados, dejándose llevar por la melodiosa voz de Will.

Robin pudo darse cuenta de ese hecho al haber sido avisado previamente pero el cambio había sido tan sutil que apenas era perceptible. Era indiscutible que Will se había hecho con el público. Tañendo las cuerdas y haciéndolas vibrar, aumentando o ralentizando el ritmo de la música, el trovador manejaba a su antojo a los oyentes como un pastor a sus ovejas.

Robin buscó con la mirada a Víctor quien permanecía charlando animadamente con el conde en la mesa de éste. Ambos tenían una vista perfecta del escenario y Will la tenía de ellos. Podía ver cuando el conde necesitaba un empujoncito emocional para que las palabras de Víctor entraran con más facilidad, o por el contrario cuando necesitaba que un inoportuno noble en busca de atención fuera recibido con frialdad y expulsado de la mesa.

La canción se volvió frenética. Era señal de que el momento se acercaba y Robin se puso en tensión. Los bailarines empezaron a dar vueltas como peonzas, llevados por un frenesí alimentado con alcohol.



Fuera de la gran mansión, en las sombras de una calle lateral poco iluminada, Ed y Jasper esperaban su turno haciendo gala de su paciencia. Que en el caso de Jasper no era demasiada.

- ¿Puedo entrar ya?

- Hmm. – Ed le constetó con un gruñido de negación.

- ¿Y ahora?

El coloso de melena rubia puso los ojos en blanco antes de dedicarle una seria mirada de reprobación. Llevaban cerca de una hora esperando y el escurridizo ladrón le ponía de los nervios. Tanteó con los dedos el firme mango de su enorme martillo de guerra que descansaba contra el muro, imaginándose aplastando la cabeza del siempre sonriente Jasper contra los adoquines. Pero seguramente escaparía. En los meses, que se le habían hecho insufriblemente largos, que hacía que conocía a Jasper había sido testigo de cómo el hombre de pequeña estatura sobrevivía a situaciones de peligro de la forma más insospechada. Estaba cerca de creer que sus habladurías sobre el “dios de la suerte” que le había poseído eran ciertas. Ese hombre bajito que no alcanzaba la parte superior del muro ni aunque saltara para ver que se cocía dentro de la mansión. Ese hombre peculiar que no parecía perder el buen humor.

De repente se oyó gran jaleo acompañado del ruido de copas rompiéndose dentro del salón de bailes. Will había obrado sus artes y había inducido a los beodos aristócratas a bailar y girar hasta que inevitablemente se había producido un accidente. Los gritos y quejidos llegaron hasta dónde Ed y Jasper esperaban, listos para empezar.

- ¡Ya es la hora! – Exclamó Jasper con una gran sonrisa de felicidad. Se volvió hacia el muro y empezó a escalarlo aupándose sobre los inestables rebordes y decoraciones curvadas. Como era de esperar, cayó de bruces al suelo con un hueco queijido.

Ed suspiró. El ladrón estaba perdiendo un tiempo muy valioso así que pasó al plan L diseñado por Víctor. L de Lanzamiento.

Tiró de la camisa sucia de Jasper para levantarlo del suelo. El agradecimiento del hombre de poca estatura quedó interrumpido cuando Ed lo cogió también por un brazo y se lo cargó a la espalda.

- E... ¡espera! ¿Qué? ¡Puedo subir! Puedo…

El coloso levantó una pierna para estabilizarse al inclinarse hacia atrás y a la vuelta lanzó al ladrón con todas sus fuerzas por encima del muro. Jasper no gritó. Se hizo un ovillo en el aire de modo que evitó cortarse con los fragmentos de la cristalera que rompió al impactar.

- Subir… - susurró Jasper terminando la frase.

Había aterrizado en un pasillo poco iluminado. Largo y con varias puertas de madera de abedul sin cerrojos. Estaba dentro de la mansión pero ninguna de esas puertas era del estudio del conde, dónde se hallaba su objetivo. Víctor le había obligado a memorizar los planos una y otra vez hasta que pudo repetir todas las rutas de memoria. El pobre no comprendía que Jasper no necesitaba nada de eso. El destino y el dios de la suerte le proporcionaban la verdadera ruta que solía ser mucho más interesante que el resto.

Tres puertas más allá un guardia del conde dobló la esquina avistando a Jasper, aún de pie sobre los cristales rotos. El soldado dio la alarma a su compañero detrás suyo y este se marchó a por refuerzos.

- Empieza la diversión. – susurró Jasper ampliando su sonrisa.



Pegado a la pared Robin no podía contener una sonrisa al ver como distinguidos nobles permanecían en el suelo como orugas incapaces de darse la vuelta. Todo su orgullo se había esfumado y en sus caras solo había vergüenza. Presenció como un guardia acalorado se agachaba para susurrarle algo al oído del conde, quien trataba de poner orden en la pista de baile enviando sus criados a ayudar a sus invitados accidentados por la desenfrenada canción de Will. El rostro del conde se volvió pálido al instante y sudores fríos lo embargaron. Ordenó algo al guardia quien se marchó a toda prisa y a continuación retomó, junto a Víctor, la búsqueda de Lady Julivert, cuyo zapato había salido despedido hasta colisionar contra el retrato de la señora madre del conde.

Robin contó hasta treinta para sí y luego se deslizó por la puerta de servicio a su lado. El pasillo bien iluminado estaba desierto. Nadie iba a molestarle mientras atravesaba habitación tras habitación hasta su objetivo.

El plan de Víctor era sencillo y genial a la vez. Ocultar un robo con otro robo. Los nobles que abrían sus mansiones a este tipo de eventos sabían que podían darse robos menores por parte de envidiosos de castas menores, y también estaban preparados para lidiar con ladrones que se colaban para adueñarse de sus riquezas. Muchos ladrones habían tratado de robar la caja fuerte del conde, los guardias estaban preparados y sabían qué hacer. Jasper mantendría ocupados a los guardias del conde mientras los criados ayudaban en la sala de baile. La mente de Víctor había ideado este juego de distracciones simple a primera vista pero que requería una delicada organización y sincronización.

Pisando el suelo enmoquetado con suavidad llegó hasta la gran biblioteca del conde. La puerta de madera oscura estaba cerrada con llave pero para un artista del hurto como Robin ese cerrojo no lo detendría ni un segundo.

Un reconfortante clic anunció que la puerta estaba libre para abrirse pero antes espolvoreó por encima del cerrojo unos polvos desencantadores que le había dado Víctor para disipar cualquier sello mágico que el conde hubiera puesto para salvaguardar los conocimientos de su biblioteca. Tras hacerlo, el ladrón de pelo argenta entró en la habitación cerrando detrás de sí.

La biblioteca era inmensa. En la ciudad de la magia, los libros significaban conocimiento, y el conocimiento significaba poder. Y riquezas. La colección del conde contaba con numerosos ejemplares raros que habrían alcanzado una gran suma en el mercado negro. Pero Robin no estaba allí para eso. Se forzó a centrarse en su tarea pues tenía poco rato hasta que la sala de baile volviera a la normalidad y alguien le pudiera echar en falta.

Will había sonsacado de un criado hacía semanas el sistema de catalogación que el conde utilizaba en su biblioteca. Gracias a eso, Robin pudo ir directo hasta la quinta estantería de la izquierda dónde aguardaba su trofeo. Y una sorpresa.

Apoyada contra la estantería y rodeada por varias pilas de libros estaba sentada una niña vestida con un largo vestido blanco. Niña no… debe tener más o menos mi edad, pensó Robin. Eso no formaba parte del plan y por un momento no supo reaccionar. Se quedó quieto observándola hasta que ella se dio cuenta de su presencia.

- Oh. ¡Hola! – dijo con una dulce sonrisa. – ¿También te aburren las fiestas?

- Yo… eh… Sí, un poco. – La mente de Robin había decidido irse de vacaciones sin consultarlo con el resto de su cuerpo. Su respuesta sonó lenta y algo forzada. El ladrón maldijo para sí por su ineptitud. - ¿Qué haces aquí?

- Prefiero quedarme leyendo que estar ahí fuera viendo como dan vueltas y vueltas hasta que me marean. Parecen… uhm…. Aves de corral sin cabeza.

- ¿Quieres decir pollos?

- ¡Sí! ¡Eso! – La joven miró de arriba abajo a Robin y luego entrecerró los ojos con una mirada acusadora. – No te enviará mi padre, ¿no?

- No. ¿Quién es tu padre?

La niña lo miró con sorpresa. Luego se levantó del suelo y señaló algo detrás de Robin. El ladrón se giró y con estupor vio como el objeto señalado era el augusto retrato del conde Omber. La hija del conde. Perfecto… maldijo Robin para sus adentros.

- ¿Y qué te trae por aquí? ¿Sabes que está prohibido entrar en la biblioteca, no?

- Yo… Sí. Pero tú tampoco deberías estar aquí, ¿verdad? – contestó señalándola.

Ella abrió mucho los ojos, sorprendida de que la hubieran pillado.

- Eres más listo de lo que pareces, conejito.

Conejito. Se había olvidado de la máscara de conejo que llevaba sobre el rostro. Maldijo a Will y sus ocurrencias.

- Hagamos un trato. – propuso Robin. – Si me ayudas a encontrar un libro, mantendré en secreto la ubicación de tu refugio.

La niña pareció meditarlo por unos instantes pero finalmente asintió convencida.

- De acuerdo. ¿Qué libro estás buscando?

- “Sombras en la noche sin luna” de A. K.

- Me suena haberlo visto por algún lado… - La hija del conde empezó a buscar por las pilas de libros amontonados y esparcidos por el suelo. Robin miró hacia la puerta instintivamente al ser consciente de que no le quedaba mucho tiempo.  – ¡Aquí está! – Dijo extrayéndolo de de una pila y derribando todos los que tenía por encima.

- Bien, ahora dámelo.

- No. – dijo apretándolo contra su pecho.

- Pero… hicimos un trato…

- El trato era que te ayudaba a buscarlo. Si quieres el libro debes darme otra cosa a cambio.

Robin suspiró con nerviosismo. Se quedaba sin tiempo.

- Está bien. ¿Qué es lo que quieres?

- Mmmm. – Dudó la chica. – Un beso.

- ¡¿Un beso?! – había alzado demasiado la voz y comprobó la puerta por si alguien entraba pero seguía inmóvil. - ¿Un beso? – preguntó de nuevo en voz más calmada.

-Sí. – dijo sonriendo.

El tiempo apremiaba. Si le quitaba el libro y huia la niña podía gritar y alertar a los guardias. Pero tampoco quería agredirla. La observó con detenimiento, con los ojos resplandecientes de un suave color azulado y la sonrisa perenne con la pequeña brecha entre los dos incisivos. Robin claudicó.

- Está bien. Cierra los ojos.




Unos segundos después Robin salía de la biblioteca con el libro en sus manos. A paso veloz subió las escaleras del final del pasillo y dobló la esquina hacia la izquierda. Entró por la puerta a su derecha la cual estaba abierta. Era el baño. Abrió el armario bajo el fregadero y sacó un par de toallas con las que envolvió el libro. Entonces se aupó sobre el fregadero y abrió el ventanal de cristal. Una ráfaga de aire frio le golpeó el rostro y le erizó la piel. Desde ahí se veían las luces de la ciudad y una bonita vista de los tejados violetas de las casas de los magos. Abajo, en la calle lateral de la mansión esperaba Ed, quien al avistarlo lo saludó levantando uno de sus gruesos brazos.

Robin devolvió el saludo. Se aseguró de que nadie les veía y entonces lanzó el paquete envuelto en toallas. Ed consiguió cogerlo al vuelo. Se saludaron una vez más y entonces el hombretón se escabulló por el final del callejón. El ladrón cerró el ventanal y bajó con toda prisa hasta el salón de baile. Allí los músicos habían empezado a tocar hacía ya un rato. Ya no quedaba ningún noble en el suelo pero aún se veían algunas damas desmayadas sobre las sillas y los sofás mientras sus maridos las abanicaban con servilletas. Robin respiró hondo para calmarse y con tranquilidad caminó hasta Víctor, quien conversaba con un Will cerca del escenario.

- Has tardado. – dijo el hombre moreno con voz preocupada. – Ha salido todo bien.

- Todo bien. Acabo de venir del baño.

- ¿Algún contratiempo?

- Nada importante. Luego os lo cuento.

- Entonces salgamos de aquí.


Robin y Víctor se marcharon a despedirse del conde, tras darle las gracias por la invitación, mientras Will buscaba su propia salida. Unos minutos después los timadores disfrazados de noble hacían resonar sus zapatos contra los adoquines mientras caminaban con la satisfacción de haber cometido un robo a una de las mayores fortunas de la ciudad y haber salido impunes.